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miércoles, 16 de marzo de 2016

Pensamientos paseados

A mí la gente me estorba pronto. Me entristece comprobar, como decía Javier Marías, que la mayoría de las personas pasen por este mundo como muebles, sin saber nada de la historia, de los descubrimientos y de las creaciones de aquellos que nos han precedido. Pero me entristece no por ellos, sino por mí, de manera egoísta, porque me hace sentir cada vez más solo. Cuanto más aprendo más ganas tengo de seguir aprendiendo, y a la vez más me aleja del resto de los mortales. Me cuesta encontrar, no ya amigos, sino simplemente alguien interesante con quien no me importe cruzar dos palabras. Creo que me estoy volviendo un misántropo... Por no hablar del amor. Si ya es difícil toparse con una chica lista, que encima sea hermosa, eso ya directamente es misión imposible.


miércoles, 15 de octubre de 2008

moneda


Ayer por la noche un gnomo insufló magia a una moneda y la dejó en el asiento de un autobús para que yo la encontrara al ir a sentarme.

¿Por qué, pese a ser nieto de la Ilustración, pese a formar parte de la generación con más acceso al conocimiento de la historia, por qué pese a echar pestes de la religión y reírme de las supersticiones y creencias de vieja, por qué –y he aquí la cuestión- cada vez que me encuentro una moneda de uno, dos o cinco céntimos por el suelo no puedo evitar cogerla y pedir un deseo (siempre el mismo: conocer a una chica estupenda, o que vuelva a mis brazos la última que me dejó o que me diga que la que acabo de conocer) y guardarla en lugar seguro esperando a que se cumpla pese a saber por experiencia que nunca se cumple? ¿Por qué? ¿Por qué lo sigo haciendo? ¿Por qué soy tan ingenuo de creer en la magia de una moneda encontrada? Pues no lo sé. Tal vez porque es el último recurso, el último vestigio donde esconderse, la última vida en el videojuego, el último remedio para intentar aliviar algo la interminable agonía que acompaña a toda esperanza, y porque no pierdo nada y porque su amargo bálsamo me consuela, aunque sea sólo un poco, unas migas, apenas nada.


A propósito de la foto:
Se trata del Desprecio a la Superstición. Al parecer el día 13 de cada mes se solía reunir en Londres un Club de Excéntricos que se divertía en desafiar toda clase de supersticiones. Se abrían paraguas en el interior de la sala, se derramaba sal, se caminaba bajo escaleras de mano y se ofrecían bebidas en vasos rotos.

jueves, 9 de octubre de 2008

callar


Ya lo dijo Voltaire, “el secreto de aburrir es contarlo todo”. Y Javier Marías, en el primer volumen de su trilogía Tu rostro mañana, sentencia en las primeras páginas “callar, callar, es la gran aspiración que nadie cumple ni aun después de muerto”. La vida nos ordena no hablar más de la cuenta. La ley misma nos lo recuerda o casi urge o advierte con la famosa frase “tiene derecho a guardar silencio […]”. En el arte, sugerir es la premisa; es importante lo que se calla, lo que no se dice, la ausencia vale tanto como la presencia. Una buena película no lo tiene que contar todo, que explicar todo, si no ¿dónde está la gracia?

Pero si hay un momento donde es aconsejable callar, ése es -paradójicamente- a la hora de confesarle a la persona amada que la amas. Frases como te quiero, me gustas, me pareces atractiva, eres un tío interesante… son gérmenes de ruptura. Insisto que parece una paradoja, pero el ser humano, aparte de hipócrita y cínico, es un cobarde de mucho cuidado (cobarde no por no atreverse a decir te quiero, sino por no atreverse a escucharlo). Hipócrita, porque nos pasamos la vida entera quejándonos de lo mal que nos van las cosas, de la pena del mal de amores, de que estamos cansados de cabrones y de putas, y de que estamos deseando encontrar a alguien para ser feliz de una vez por todas. Decimos buscar a alguien bueno, generoso, que nos quiera y nos lo exprese (¿cuántas veces habremos visto en las películas la famosa escena de cama donde la chica mira con ojos lánguidos al chico y le pregunta "dime, Frank, ¿me quieres?"). Pero en realidad no queremos que nos lo digan, y cuando nos lo dicen, preferimos no haberlo oído. Cuando damos con ese él o ella que andamos buscando nos aburrimos sobremanera, añoramos pasarlo mal, pues la felicidad cansa ya que no tiene nada de emocionante. Cuando alguien con el que hay mayor o menor complicidad amorosa (un novio, amante, ligue, rollo, alguien sólo besado o incluso alguien que está a punto de serlo) nos revela que nos quiere, que nos desea, o hasta se atreve con un piropo, poema, cumplido o sentimiento más o menos cursi o más o menos profundo y sincero, nosotros somos tan miedicas y mentecatos que nos asustamos y nos echamos para atrás, cobardes, respondiendo sólo con una forzada sonrisa, no volviendo a besarle u optando finalmente por no hacerlo en el caso de que lo tuviéramos en mente. Estúpidos, agobiados, le hacemos ver al otro que no nos ha hecho mucha gracia, que nos ha caído más bien como un jarro de agua fría, rogamos en voz baja que no nos vuelva a confesar lo que siente, que se lo guarde para él o, mejor aún, que se le pase –como si de un catarro se tratara- y poder así continuar con nuestra feliz existencia de individuos no queridos.

Sonará triste, pero siempre que le he confesado a una novia que la quería, ésta –antes o después- me ha terminado mandando a la mierda. Ni qué decir tiene de aquellos ligues potenciales que por dejar salir mi lengua a paseo demasiado pronto y confesarles lo mucho que me atraían, que me gustaban, me han negado finalmente una oportunidad que parecía más que posible en un primer momento.

En menor grado, pero también, me ocurre con los amigos. Chicas y sobre todo chicos -estos un poco más reservados-, que por sonrojarles en demasía los halagos, por turbarles un tanto que otro les declare abiertamente y con orgullo su amistad, por incomodarles las muestras de cariño y aprecio cordial, afectuoso, entrañable y tierno, por todo ello y por no azorarles más, al final termino por no decirles nada y aguantarme, tan sólo les miro y pienso: doy gracias por conocerte.

Así que, no sé vosotros, pero, al menos yo, la próxima vez que esté tentado de confesarle a un colega lo especial que es, o cuando me eche novia y sienta unas incontenibles ganas de decir te quiero, o cuando esté con una chica que acabe de conocer y que me guste mucho y arda en deseos de soltarle cuán bonita o simpática o inteligente o atractiva -o todo eso junto- me resulta, la próxima vez creo que voy a contenerme, me reprimiré y lo guardaré muy adentro, sólo para mí, y así no les daré motivos para dejar de hablarme, para no besarme, para no quererme... para salir corriendo.