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miércoles, 16 de marzo de 2016

Humo e imagen

Los antiguos griegos alegaban que si algo era bello, no podía ser malo, o dicho de otro modo, que debía ser bueno por naturaleza. Concedían virtudes internas en función de la apariencia física de las cosas. Hasta el punto de absolver en un juicio a una hermosa asesina precisamente por ser hermosa: no podía caber el mal dentro de un cuerpo tan bello. Esta manera de ver el mundo, equivocada o no, al menos estaba basada en hondos principios filosóficos. Los hombres de hoy no se basan en nada. Alaban la imagen por la imagen.

El ser humano, cuanto menos cultivado, más superficial y por tanto más estúpido. Superficial en tanto que superficie, la cáscara, el exterior, lo puramente visual y decorativo, el adorno superfluo, sin reparar en lo que palpita en sus entrañas.

Por supuesto que la estética es importante, en tanto que transposición y manifestación de una idea. Ha de ser un medio, no un fin en sí mismo.

No sólo vivimos en la era de la imagen como medio de transmisión de la información, sino en la sociedad de la imagen. No es que todo esté envuelto en imagen, sino que sólo es eso, únicamente.

Las películas ya no se sustentan en un buen guión, ahora sólo son acumulaciones de fotogramas espectaculares y efectos especiales, punto. La política y los políticos, un mero juego de abalorios y simulacros.

La gente sale a la calle (la real pero también la otra, la vicaria, la binaria, la de ceros y unos, la de las redes sociales) luciendo tetas y mucho maquillaje y más musculitos y ropa fashion y morros a cámara; y casi siempre en formato selfie, esa moderna efigie erigida al ego). Uno se asoma a Facebook o a alguna app para ligar (cualquiera, son todas igual de penosas, una subasta de cuerpos sin cerebro) y están plagadas de guaperas haciendo posturas y de latinas extracurvilíneas recién salidas de una sesión de fotos de estudio. Pero cuando uno tiene la oportunidad de verlos y verlas en persona, en vivo y en directo, cuando abren la boca y dejan mostrar lo que guardan adentro (nada), esa aparente magia se desinfla, desaparece, se esfuma como una exhalación. Y lo hace por una razón: nunca han tenido tal magia, tan sólo maquillaje, adorno, cáscaras, vacuos efectos especiales, humo.



domingo, 28 de septiembre de 2008

el palacio de la luna

Hace dos días quedé por el centro con una de mis Lauras. Teníamos pensado ir al cine a ver la última de Woody Allen –Vicky, Cristina, Barcelona-, en V.O.S., pero ella olvidó sus gafas y por tanto no iba a poder leer los subtítulos. Así que optamos por un plan alternativo e improvisado que, mira tú por donde, incluía también cine. Entramos a ver la presentación y proyección de cinco cortometrajes, con excusa de Cortogenia, un festival de cortos que tiene lugar en el cine Capitol el último o penúltimo jueves de cada mes y al que merece la pena asistir de vez en cuando.

El segundo de los cortos, titulado El Palacio de la Luna (sí, igual que la novela de Paul Auster), ha sido el que me ha llevado a escribir esta "enojada" entrada en el blog. Lo que me molestó no fue que el corto fuese malo, que lo era (salvando, también he de reconocerlo, la magnífica fotografía y el posterior trabajo de edición), sino la reacción del público, manifestada en tres sucesivas series de incontenibles aplausos, a los cuales, claro está, me negué a sumarme.
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Antes de la proyección, y como viene siendo normal en esto de los festivales, concursos y certámenes de cortometrajes, los responsables de cada film –presumiblemente los directores-, dijeron unas palabras a propósito del trabajo realizado, bien en forma de explicaciones, agradecimientos o excusas, ante el público que estaba a punto de ver su obra. Cuando la directora de El Palacio de la Luna, Ione Hernández, de 28 años, delgada y timorata, de revuelto pelo pajizo y voz que desvelaba un carácter pusilánime, nombró el título de su película, lo primero que pensé fue: ¿el libro de Paul Auster, a son de qué? Ese detalle, y no sé muy bien por qué, ya me hizo desconfiar de lo que vería. La joven nos advirtió en dos o tres ocasiones de una cosa: la historia, que era la adaptación de un cuento del catalán Ricard Ruiz Garzón, estaba basada un hecho real. ¿Y qué no lo está? El corto, permitidme que os lo destripe, trata sobre un joven esquizofrénico que termina suicidándose. Está narrado en off por el personaje de la madre, que, supuestamente, escribe una carta a Paul Auster (al que llama todo el rato y cacofónicamente “señor Aster”. Aster, sin la “u”) contándole que su hijo, cuando saltó por la ventana y se estampó contra el suelo, en ningún momento soltó el libro de sus manos (“su libro, señor Aster” decía la mujer), como si quisiera aferrase a él en el aire como último salvavidas. El joven, aparte de ser un amante de las películas, trabajar en una productora de cine en la que parece estar contento y haber roto con su novia (no se especifica ni hace cuánto tiempo ni si realmente le importa), sufre depresiones, arrebatos de ira, tormentos de celosa intimidad y otros problemas relacionados con al enfermedad que no se nos terminan de explicar. El juego de las fotos estáticas que se funden creando movimiento cinético a través del curioso montaje, ayuda a crear esa atmósfera agobiante y frenética, esquizofrénica, que lo envuelve todo y lleva al joven a tirarse por la ventana una mañana tras haberse pasado la noche entera leyendo El Palacio de la Luna. Tras fundir a negro y detenernos un segundo en un breve y triste epílogo de la madre, huérfana de hijo, el corto cierra con un pasaje del citado libro de Auster, donde el personaje protagonista, Marco, en primera persona, habla sobre no-sé-qué a propósito de las penurias que había padecido y lo remotamente extraño del viaje hasta llegar con vida a donde estaba, y que, de no ser por las personas que había ido conociendo, ahora no podría contarlas, etc., etc. La sala retumbó en aplausos, como digo, hasta tres veces.
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No sé por dónde empezar a explicar por qué me parecen, sino inmerecidos, sí al menos “coaccionados” esos aplausos. En primer lugar embestiré contra el corto en sí; luego, contra la actitud estúpida de la sala aplaudidora.
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La joven directora de El Palacio de la Luna, que es también la guionista, no es una recién llegada. Ha adquirido buena formación y lleva a la espalda unos cuantos proyectos que la avalan, pero, viendo lo presente, sorprende, pues deja bastante que desear, y el mentado corto parece más bien la pretenciosa obra de un adolescente hablando petulantemente de temas trascendentales, que la de una realizadora de 28 años. Viendo el film tenía la sensación de estar contemplando la obra de un ingenuo director novel, primerizo, tratando con pompa asuntos de los que no tiene ni idea pero cree que sí, y se entretiene con lo abstracto del tormento y sufrimiento humanos, recreándose fatuamente en el malestar y la melancolía, el miedo y la angustia, la soledad y la tristeza, sin reparar en lo increíblemente fácil que resulta el drama, que cualquiera sabe hacer tragedia, hacer llorar; y, por contra, lo complicado pero bienvenido que es siempre hacer reír, y, por ende, lo cuán difícil que es la comedia.
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Los escritos, cuentos y poemas de oscuros adolescentes demasiado sensibles ante la vida, se recrean en la pesadumbre, la aflicción, el dolor. No alcanzan a comprender la vida (¿y quién sí?) y se vienen abajo, desesperados, pedantes, deseando que les miren por sufrir lo inhumano, aborreciendo del mundo, del aire que respiran, de la vida que les rodea. Algunos podrán pasar por emos, pero incluso los emos tienen más estilo. Del mismo modo muchos cortometrajistas imberbes me recuerdan, por el tema de sus historias, y especialmente la forma de contarlas (una veces, un revoltijo de imágenes imprecisas, desenfocadas y abstractas; otras, tomas largas y presumidamente contemplativas), a estos adolescentes aturdidos e hipersensibles que, como decía arriba, hablan sólo de chorradas, creyendo que no hay esperanza para nada y que para qué entonces vivir, pues el mundo se acaba mañana.
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Aclarado lo que pienso sobre el corto, paso a hablar sobre el público de la sala y su aplauso hasta tres veces repetido:
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Aparte de los amigos, familiares y demás sobornados que acudieron al estreno para apoyar a la directora (se me olvidaba decir que es un festival donde, curiosamente, los votos se obtienen de la gente que ha ido a ver el pase, mediante unas papeleteas que se rellenan y echan a una urna a la salida), la gente que aplaudió, no sé hasta qué punto lo hizo porque realmente le había gustado, le había tocado la fibra, o porque se sintió cohibida por dos cosas distintas pero interrelacionadas: el tema y la conciencia común. Me explico. El tema es la esquizofrenia, que acaba con el suicidio del joven. No aplaudir significaría ser tachado de insensible, pues se supone que el corto está hablando de algo duro, doloroso e intenso, que debe de roerle a uno por dentro y despertar la compasión por el pobre chico y su madre. Si no lo haces, eres inhumano, un monstruo. Y justo esto está en directa relación con lo segundo: la conciencia común, lo políticamente correcto, lo que se supone que todos debemos pensar. Hace poco leí un acertado artículo de mi siempre admirado Javier Marías que hablaba exactamente de eso, de la falta de opinión. Se nos ha vendido siempre hipócritamente la moto sobre la libertad de pensamiento y el hecho de que debemos tener opinión (personal), pero en realidad la subjetividad está muy mal vista. Aquél que ha elaborado un juicio propio de las cosas y no coincide con el grueso de la población, va contracorriente, al reverso que el resto, y por ello se le condena, se le tacha de ser distinto o cruel o desvergonzado o despiadado o vete tú a saber. Cada uno es libre de pensar lo que quiera sin que por ello lo lapiden. Aquélla falacia de “lo respeto pero no lo comparto”, es una absurdez como un templo. Las personas y su derecho a expresar sus ideas sí son respetables, pero las ideas en sí no tienen por qué serlo, incluso todo lo contrario, pueden ser –y en ocasiones han de ser- condenadas y aborrecidas (el fascismo, el racismo, el machismo, etc).
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Por eso mismo me pareció tan mal que todo el mundo aplaudiese a la par, sin cuestionarse muy bien por qué aplaudían, llevados por la ola del rebaño. De haber algún tímido que dudaba al respecto, cobarde, aplaudió también, temiendo que el vecino de butaca lo mirase de reojo tachándole de desalmado.
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Escuché a una chica justo a mis espaldas, en mitad del segundo aplauso, que le recordaba a su acompañante lo que había sentenciado la directora hacía unos minutos “está basado en un hecho real”, como si por ello la cuestionable calidad de la obra quedase perdonada, como si diese igual lo que se contara que, si era emotivo, si estaba basado en una tragedia acaecida realmente, entonces era meritoria de todos los premios y ovaciones…
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Para colmo, Paul Auster. ¿Qué necesidad había de meter a Auster ni a su novela ni nada que lo relacionase? Pues nada tenía que ver. De hecho, si se hubiese optado por otro escritor u otra novela hubiese sido exactamente igual. Mi queridísimo Auster ¡qué mal te han hecho! La novela El Palacio de la Luna es una maravilla, y si Marco, el protagonista, como dije al principio, vivió una serie de situaciones límite, es única y exclusivamente porque, al fin y al cabo, de eso se trata una historia, una ficción, una película o una novela: de poner a unos personajes al límite y ver cómo actúan. Y no es nuevo, ni la primera novela que tiene a su personaje muerto de hambre o al constante filo del abismo. Supongo que a un joven esquizofrénico cualquier cosa le ha de afectar, pero insinuar que esa gota que colma el vaso y lleva al chico al suicidio, es un pasaje del citado libro, es hacerle un flaco favor a Auster.

Creo que el corto no contaba nada nuevo, y no con esto quiero decir que ya todo esté dicho y que lo único que cambia es la forma de contarlo, que en cierto modo también es verdad. Quiero decir que la historia no era ni historia, tan sólo un suceso trágico. No tenía ni la rareza de lo anecdótico, ni la magia de las coincidencias, ni giros inseperados, ni un final moralizante; la historia en sí no era novedosa, ni peculiar, ni atractiva, ni salía de lo ordinario (la muerte no lo es). Y si una historia se cuenta es precisamente porque tiene algo de eso.

Sea como fuere, insisto, mi intención no era hablar sobre el corto en sí, y aún menos de la esquizofrenia o el suicidio, sino, como decía más arriba en uno de los párrafos, de la conciencia común y el aplauso en manada, por temor a lo que piense el de al lado y te acusen de desalmado.

martes, 16 de septiembre de 2008

leviatán



Estaba en el metro. Acababa de emparedar a mi pobre libreta con una aburridísima e interminable perorata sobre yo-qué-sé-qué, y me disponía a leer por fin el libro que llevaba bajo el brazo, que ya era hora (dicen que un escritor que escribe más de lo que lee no puede ser un buen escritor), cuando, de pronto, sin avisar, así, sin más, entró en el vagón un individuo joven, trajeado, con tez y acentos puertorriqueños y Biblia en mano, y se puso a evangelizar a los allí presentes, impidiéndome, como es normal, mi ansiada lectura… Pero lo que me impidió abrir el libro y leer no fueron las entonaciones místicas de aquél tipo de no más de 25 años, ni el chorro constante de palabras que salían por su boca por no saber muy bien qué seguir diciendo –parecía que le hubiesen enseñado que predicar es un acto, no de fe, sino de parlotear sin pausa, sin sentido, sin dejar aparentes resquicios de duda alguna ante lo que se defiende o alega-, tampoco las mismas palabras repetidas una y otra vez (sacramento, sagrado, señor, camino, luz…) ni las sandeces a propósito de la inconmensurable misericordia de Cristo ni las insostenibles argumentaciones sobre la existencia de Dios, no. Lo que me hizo interrumpir la lectura fue otra cosa. Lo que me llevó a sacar de nuevo el portaminas (sólo escribo con portaminas) y hundir la punta en la hoja, fue lo siguiente: el emocionado predicador empezó diciendo que él, antes, era un joven sin futuro, metido en drogas, armas (usó la palabra pistolas), y otras fechorías a sus espaldas de las que se avergonzaba demasiado como para confesarlas en voz alta, pero que, entonces, un día, vio la luz, Cristo y su iglesia lo acogieron, lo rescataron de las calles y le enseñaron el buen camino. Al parecer, a raíz de y gracias a todo eso, aprendió a amar al prójimo, a condenar la violencia y soñar con un mundo mejor para el mañana, bajo el cobijo y el amoroso abrazo de Dios Nuestro Señor. Y en ese momento, justo en ese momento, me dio por pensar y me derrumbé. Es verdad que las religiones han sido, y siguen siendo hoy en día (con trasfondo político-económico, por supuesto), motivo de iracundas y encarnizadas luchas, versus, cruzadas y odios entre los mortales. Pero sería injusto negar que, del mismo modo, también se le puede agradecer que la gente abandone sus endiabladas vidas llenas de egoísmo y destrucción, y opten por seguir una senda, no más beata, sino más civilizada. Lo que me mortifica es pensar: ¿por qué necesitamos de la religión para curarnos, para salir del hoyo, para –a fin de cuentas- vivir? ¿Acaso no tenemos filosofía, no tenemos preceptos morales, no hay dogmas éticos que sostengan la vida, una vida lejos del salvajismo y la brutalidad animal? ¿Acaso lo único que mantiene a la gente en la tesitura de la decencia y la honradez es la ley (la de Dios y la de los Tribunales)?

Luego pienso: ¿tenemos todos que llegar a esa civilización fraternal, pacífica y cordial, de la misma forma? Si es la civilización el fin último, ¿qué más da cómo se consiga? podría pensarse. Pero eso lleva irremediablemente a otra pregunta: ¿el fin justifica los medios? ¿Qué tiene de inconveniente un medio como la religión? Demasiadas cosas. No voy a ponerme a enumerarlas ahora -tal vez otro día-, y estoy convencido de que todos los que lean esto tendrán en su cabeza alguna, pero tienen que ver con conceder credibilidad y poder a unos colectivos que aprovechan dicho poder para perpetuar una idea concreta de cómo debe ser el mundo y vendérsela al resto como verdadera, con las bien sabidas condiciones e inherentes consecuencias: lo referente al aborto, al uso prohibido del condón, la homosexualidad, el pecado original, sentimientos de culpabilidad, etc., etc., etc. Aunque, de todas estas cosas, la que sigue pareciéndome peor es la que ya he comentado más arriba: la falsedad, es decir, evitar que el hombre sea hombre civilizado por sí mismo y no por la avaricia de obtener unas promesas eternas en la otra vida; no porque realmente se sienta bien haciendo el bien a otros, sino porque su religión así lo ordena. Pero algo bueno tendrá que tener. ¡Hasta ahí llegáramos! Si encima no tuviesen cosas buenas, ya sería el colmo. El hinduismo tiene el sexo tántrico. El Islam ha parido la Mezquita de Córdoba. El cristianismo, La Capilla Sixtina, también el rico y maravilloso vino*, los organa discantus y melismáticos del Codex Calistinus y poco más, jajajaj.

Mi conclusión es que, Hobbes aparte, la única religión que puede profesarse sin dicha alguna ni peligro de eretismo, es la del amor.
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*vino: En la Edad Media, tras las invasiones bárbaras y la imposición de su nórdica bebida, la cerveza, los monasterios cistercienses siguieron cultivando el vino, pues, al simbolizar la sangre de Cristo, era necesario para la celebración de la eucaristía.