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miércoles, 16 de marzo de 2016

Pensamientos paseados

A mí la gente me estorba pronto. Me entristece comprobar, como decía Javier Marías, que la mayoría de las personas pasen por este mundo como muebles, sin saber nada de la historia, de los descubrimientos y de las creaciones de aquellos que nos han precedido. Pero me entristece no por ellos, sino por mí, de manera egoísta, porque me hace sentir cada vez más solo. Cuanto más aprendo más ganas tengo de seguir aprendiendo, y a la vez más me aleja del resto de los mortales. Me cuesta encontrar, no ya amigos, sino simplemente alguien interesante con quien no me importe cruzar dos palabras. Creo que me estoy volviendo un misántropo... Por no hablar del amor. Si ya es difícil toparse con una chica lista, que encima sea hermosa, eso ya directamente es misión imposible.


Humo e imagen

Los antiguos griegos alegaban que si algo era bello, no podía ser malo, o dicho de otro modo, que debía ser bueno por naturaleza. Concedían virtudes internas en función de la apariencia física de las cosas. Hasta el punto de absolver en un juicio a una hermosa asesina precisamente por ser hermosa: no podía caber el mal dentro de un cuerpo tan bello. Esta manera de ver el mundo, equivocada o no, al menos estaba basada en hondos principios filosóficos. Los hombres de hoy no se basan en nada. Alaban la imagen por la imagen.

El ser humano, cuanto menos cultivado, más superficial y por tanto más estúpido. Superficial en tanto que superficie, la cáscara, el exterior, lo puramente visual y decorativo, el adorno superfluo, sin reparar en lo que palpita en sus entrañas.

Por supuesto que la estética es importante, en tanto que transposición y manifestación de una idea. Ha de ser un medio, no un fin en sí mismo.

No sólo vivimos en la era de la imagen como medio de transmisión de la información, sino en la sociedad de la imagen. No es que todo esté envuelto en imagen, sino que sólo es eso, únicamente.

Las películas ya no se sustentan en un buen guión, ahora sólo son acumulaciones de fotogramas espectaculares y efectos especiales, punto. La política y los políticos, un mero juego de abalorios y simulacros.

La gente sale a la calle (la real pero también la otra, la vicaria, la binaria, la de ceros y unos, la de las redes sociales) luciendo tetas y mucho maquillaje y más musculitos y ropa fashion y morros a cámara; y casi siempre en formato selfie, esa moderna efigie erigida al ego). Uno se asoma a Facebook o a alguna app para ligar (cualquiera, son todas igual de penosas, una subasta de cuerpos sin cerebro) y están plagadas de guaperas haciendo posturas y de latinas extracurvilíneas recién salidas de una sesión de fotos de estudio. Pero cuando uno tiene la oportunidad de verlos y verlas en persona, en vivo y en directo, cuando abren la boca y dejan mostrar lo que guardan adentro (nada), esa aparente magia se desinfla, desaparece, se esfuma como una exhalación. Y lo hace por una razón: nunca han tenido tal magia, tan sólo maquillaje, adorno, cáscaras, vacuos efectos especiales, humo.



jueves, 9 de octubre de 2008

callar


Ya lo dijo Voltaire, “el secreto de aburrir es contarlo todo”. Y Javier Marías, en el primer volumen de su trilogía Tu rostro mañana, sentencia en las primeras páginas “callar, callar, es la gran aspiración que nadie cumple ni aun después de muerto”. La vida nos ordena no hablar más de la cuenta. La ley misma nos lo recuerda o casi urge o advierte con la famosa frase “tiene derecho a guardar silencio […]”. En el arte, sugerir es la premisa; es importante lo que se calla, lo que no se dice, la ausencia vale tanto como la presencia. Una buena película no lo tiene que contar todo, que explicar todo, si no ¿dónde está la gracia?

Pero si hay un momento donde es aconsejable callar, ése es -paradójicamente- a la hora de confesarle a la persona amada que la amas. Frases como te quiero, me gustas, me pareces atractiva, eres un tío interesante… son gérmenes de ruptura. Insisto que parece una paradoja, pero el ser humano, aparte de hipócrita y cínico, es un cobarde de mucho cuidado (cobarde no por no atreverse a decir te quiero, sino por no atreverse a escucharlo). Hipócrita, porque nos pasamos la vida entera quejándonos de lo mal que nos van las cosas, de la pena del mal de amores, de que estamos cansados de cabrones y de putas, y de que estamos deseando encontrar a alguien para ser feliz de una vez por todas. Decimos buscar a alguien bueno, generoso, que nos quiera y nos lo exprese (¿cuántas veces habremos visto en las películas la famosa escena de cama donde la chica mira con ojos lánguidos al chico y le pregunta "dime, Frank, ¿me quieres?"). Pero en realidad no queremos que nos lo digan, y cuando nos lo dicen, preferimos no haberlo oído. Cuando damos con ese él o ella que andamos buscando nos aburrimos sobremanera, añoramos pasarlo mal, pues la felicidad cansa ya que no tiene nada de emocionante. Cuando alguien con el que hay mayor o menor complicidad amorosa (un novio, amante, ligue, rollo, alguien sólo besado o incluso alguien que está a punto de serlo) nos revela que nos quiere, que nos desea, o hasta se atreve con un piropo, poema, cumplido o sentimiento más o menos cursi o más o menos profundo y sincero, nosotros somos tan miedicas y mentecatos que nos asustamos y nos echamos para atrás, cobardes, respondiendo sólo con una forzada sonrisa, no volviendo a besarle u optando finalmente por no hacerlo en el caso de que lo tuviéramos en mente. Estúpidos, agobiados, le hacemos ver al otro que no nos ha hecho mucha gracia, que nos ha caído más bien como un jarro de agua fría, rogamos en voz baja que no nos vuelva a confesar lo que siente, que se lo guarde para él o, mejor aún, que se le pase –como si de un catarro se tratara- y poder así continuar con nuestra feliz existencia de individuos no queridos.

Sonará triste, pero siempre que le he confesado a una novia que la quería, ésta –antes o después- me ha terminado mandando a la mierda. Ni qué decir tiene de aquellos ligues potenciales que por dejar salir mi lengua a paseo demasiado pronto y confesarles lo mucho que me atraían, que me gustaban, me han negado finalmente una oportunidad que parecía más que posible en un primer momento.

En menor grado, pero también, me ocurre con los amigos. Chicas y sobre todo chicos -estos un poco más reservados-, que por sonrojarles en demasía los halagos, por turbarles un tanto que otro les declare abiertamente y con orgullo su amistad, por incomodarles las muestras de cariño y aprecio cordial, afectuoso, entrañable y tierno, por todo ello y por no azorarles más, al final termino por no decirles nada y aguantarme, tan sólo les miro y pienso: doy gracias por conocerte.

Así que, no sé vosotros, pero, al menos yo, la próxima vez que esté tentado de confesarle a un colega lo especial que es, o cuando me eche novia y sienta unas incontenibles ganas de decir te quiero, o cuando esté con una chica que acabe de conocer y que me guste mucho y arda en deseos de soltarle cuán bonita o simpática o inteligente o atractiva -o todo eso junto- me resulta, la próxima vez creo que voy a contenerme, me reprimiré y lo guardaré muy adentro, sólo para mí, y así no les daré motivos para dejar de hablarme, para no besarme, para no quererme... para salir corriendo.

jueves, 2 de octubre de 2008

el chico del metro


Nunca sabes cuándo te vas a encontrar con lo que será –o que te dará la idea para- el artículo (permitidme vanidosamente que lo llame así) que colgarás ese día en el blog. Una vez lo tienes, empiezas a darle vueltas, buscas las palabras y, temiendo que se te olviden por el camino, las medio apuntas en la libreta, deseando llegar por fin a casa para soltarlas y escribirlo. Luego vendrá la foto, pero eso ya es otro asunto.

Tal vez lo que estáis a punto de leer sea sólo producto de mi imaginación y no se corresponda con la realidad, equivoacada, cambiada o distinta una vez pasada por el filto de mi experiencia. Javier Marías (me veréis citándolo muy a menudo) y otros muchos escritores de ficción dirán, no sin razón, que al fin y al cabo eso es lo que hacemos –consciente o inconscientemente- al escribir, sea lo que sea lo que escribamos, y con más motivo si es ficción, pues al instante justo de transcribir en palabras un hecho real (experimentado, atestiguado o sentido), o una historia imaginada (soñada o inventada) ya lo estamos distorsionando irremediablemente.


Volvía en el metro cuando he visto a un chico que no llegaría -calculo- a la veintena. De inmediato he reconocido algunos detalles que me daban a entender que el chico tenía algún tipo de discapacidad, pese a no aparentarlo a simple vista. ¿A qué detalles me refiero? ¿Por qué los conozco?. Tal vez las respuestas a estas preguntas se deban a que mi hermano pequeño también tiene “problemas” (es el eufemismo más recurrente), y tengo, como es natural, trato con sus compañeros y amigos de colegio cuando vienen a casa, aparte de yo haber sido (ya no) monitor de chicos discapacitados los fines de semana, y estoy por tanto acostumbrado a fijarme en cómo se mueven, respiran, pestañean y se desenvuelven estos chavales con deficiencias intelectuales; lo que me ha servido en este caso para saber “leer” (creo) una serie de características afines a muchos de ellos y que también he visto, como decía, en el chico del metro. Lo primero que me ha llamado la atención ha sido su andar, que desvelaba un ligerísimo arrastrar de pies. Sus zapatillas eran sin cordones (aparte de lo complejo y abstracto que puede llegar resultar el entramado de un simple nudo de calzado, muchos de ellos tienen también trabas psicomotrices). Del mismo modo, su pantalón venía atado con una cinta y no con un cinturón (por lo mismo, lo complejo del sistema de evillas). Dicho pantalón se desentendía de unos bajos demasiado caídos que iba pisando a cada paso. Su desaliño a la hora de llevar la camiseta podría pasar desapercibido, como algo normal en un joven descuidado, pero, contando con lo antes dicho, sumaba otro tanto. Llevaba un reloj digital que no cesaba de mirar una y otra vez, como si temiera que los minutos echaran a correr de repente, sin avisar, haciéndole llegar tarde. En la otra mano, una carpeta donde sobresalía claramente la hoja impresa de un callejero, con el camino señalado en rojo hacia algún sitio. Y luego, su mirada, perdida tras unas gafas que le hacían los ojos un tanto pequeños y desconfiados del mundo. Pero si hubo algo en lo que me fijé desde un principio y no pude evitar detenerme una y otra vez, esa fue su belleza, pues era un chico realmente guapo. Alto, delgado, de cara un tanto chupada, de pómulos marcados y labios carnosos. Rubio el cabello y rubia la barba de dos días. Gracioso, atractivo, con garbo.

Saqué la libreta y anoté: “No es lástima, ni pena, tampoco compasión, ni piedad, tan sólo un inconfesable sentimiento de amor y cariño y necesidad de abrazar y proteger del mundo vil y cruel a un ser tan puro e inocente y bondadoso, sin un ápice de maldad. Sencillamente quiere desenvolverse y llegar sencillamente a donde el callejero indica, y, sencillamente, hacer el resto de cosas sencillas, corrientes y mundanas que la gente normal y sencilla lleva a cabo sin mayor dificultad, sin pensarlo, sin darle importancia, sencillamente”.

Insisto que tal vez todo esto haya sido producto de mi mente, creyendo ver siempre más allá de lo que hay, y el chico en cuestión no tenga ningún tipo de deficiencia ni nada que se le parezca, que arrastraba los pies porque estaba cansado de patear Madrid de arriba abajo en busca de un curro (y de ahí el plano con las calles), que sus zapatillas eran sin cordones porque están de moda, que sus pantalones tenían lazo y no cinturón porque es más fashion, que su desaliñada camiseta se debía efectivamente al descuido propio de la edad, que su mirada extrañada se debía a la miopía y la timidez, y que su obsesiva fijación con el reloj y la hora se explicaban porque había quedado con la novia y si llegaba tarde ésta le iba a cantar las cuarenta, otra vez.

Sea como fuere, es un sentimiento que no dejo de tener siempre que me topo por la calle con un chico con problemas, y sufro temiendo que no termine de saber llegar por sí solo a donde se dirige, temiendo que le pase algo, que algún malnacido se aproveche, que no haya nadie para sacarle de un apieto, que un imprevisto al que cualquiera sabe enfrentarse le lleve a no saber responder y verse desborado por una situación que no controla.

Por otra parte -y ahí está lo emocionante- no quieren quedarse en casa al cobijo de la seguridad paterna, al contrario, ni cortos ni perezosos, están deseando salir a la calle y descubrir la vida por sí mismos y coger el transporte público e ir a tal sitio y volver a casa y ver y aprender y tocar y meterse en líos y comerse el mundo. Ansían la autonomía y hacer el resto de cosas que hace el resto del globo. Y eso es digno de aplauso y de no poder evitar mirarles con la mayor de las ternuras y de avergonzase uno de sí mismo ante los temores y las trabas que se autoimpone para no enfrentarse a sus sueños. Y, ya puestos, preguntarse por qué.

domingo, 28 de septiembre de 2008

el palacio de la luna

Hace dos días quedé por el centro con una de mis Lauras. Teníamos pensado ir al cine a ver la última de Woody Allen –Vicky, Cristina, Barcelona-, en V.O.S., pero ella olvidó sus gafas y por tanto no iba a poder leer los subtítulos. Así que optamos por un plan alternativo e improvisado que, mira tú por donde, incluía también cine. Entramos a ver la presentación y proyección de cinco cortometrajes, con excusa de Cortogenia, un festival de cortos que tiene lugar en el cine Capitol el último o penúltimo jueves de cada mes y al que merece la pena asistir de vez en cuando.

El segundo de los cortos, titulado El Palacio de la Luna (sí, igual que la novela de Paul Auster), ha sido el que me ha llevado a escribir esta "enojada" entrada en el blog. Lo que me molestó no fue que el corto fuese malo, que lo era (salvando, también he de reconocerlo, la magnífica fotografía y el posterior trabajo de edición), sino la reacción del público, manifestada en tres sucesivas series de incontenibles aplausos, a los cuales, claro está, me negué a sumarme.
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Antes de la proyección, y como viene siendo normal en esto de los festivales, concursos y certámenes de cortometrajes, los responsables de cada film –presumiblemente los directores-, dijeron unas palabras a propósito del trabajo realizado, bien en forma de explicaciones, agradecimientos o excusas, ante el público que estaba a punto de ver su obra. Cuando la directora de El Palacio de la Luna, Ione Hernández, de 28 años, delgada y timorata, de revuelto pelo pajizo y voz que desvelaba un carácter pusilánime, nombró el título de su película, lo primero que pensé fue: ¿el libro de Paul Auster, a son de qué? Ese detalle, y no sé muy bien por qué, ya me hizo desconfiar de lo que vería. La joven nos advirtió en dos o tres ocasiones de una cosa: la historia, que era la adaptación de un cuento del catalán Ricard Ruiz Garzón, estaba basada un hecho real. ¿Y qué no lo está? El corto, permitidme que os lo destripe, trata sobre un joven esquizofrénico que termina suicidándose. Está narrado en off por el personaje de la madre, que, supuestamente, escribe una carta a Paul Auster (al que llama todo el rato y cacofónicamente “señor Aster”. Aster, sin la “u”) contándole que su hijo, cuando saltó por la ventana y se estampó contra el suelo, en ningún momento soltó el libro de sus manos (“su libro, señor Aster” decía la mujer), como si quisiera aferrase a él en el aire como último salvavidas. El joven, aparte de ser un amante de las películas, trabajar en una productora de cine en la que parece estar contento y haber roto con su novia (no se especifica ni hace cuánto tiempo ni si realmente le importa), sufre depresiones, arrebatos de ira, tormentos de celosa intimidad y otros problemas relacionados con al enfermedad que no se nos terminan de explicar. El juego de las fotos estáticas que se funden creando movimiento cinético a través del curioso montaje, ayuda a crear esa atmósfera agobiante y frenética, esquizofrénica, que lo envuelve todo y lleva al joven a tirarse por la ventana una mañana tras haberse pasado la noche entera leyendo El Palacio de la Luna. Tras fundir a negro y detenernos un segundo en un breve y triste epílogo de la madre, huérfana de hijo, el corto cierra con un pasaje del citado libro de Auster, donde el personaje protagonista, Marco, en primera persona, habla sobre no-sé-qué a propósito de las penurias que había padecido y lo remotamente extraño del viaje hasta llegar con vida a donde estaba, y que, de no ser por las personas que había ido conociendo, ahora no podría contarlas, etc., etc. La sala retumbó en aplausos, como digo, hasta tres veces.
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No sé por dónde empezar a explicar por qué me parecen, sino inmerecidos, sí al menos “coaccionados” esos aplausos. En primer lugar embestiré contra el corto en sí; luego, contra la actitud estúpida de la sala aplaudidora.
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La joven directora de El Palacio de la Luna, que es también la guionista, no es una recién llegada. Ha adquirido buena formación y lleva a la espalda unos cuantos proyectos que la avalan, pero, viendo lo presente, sorprende, pues deja bastante que desear, y el mentado corto parece más bien la pretenciosa obra de un adolescente hablando petulantemente de temas trascendentales, que la de una realizadora de 28 años. Viendo el film tenía la sensación de estar contemplando la obra de un ingenuo director novel, primerizo, tratando con pompa asuntos de los que no tiene ni idea pero cree que sí, y se entretiene con lo abstracto del tormento y sufrimiento humanos, recreándose fatuamente en el malestar y la melancolía, el miedo y la angustia, la soledad y la tristeza, sin reparar en lo increíblemente fácil que resulta el drama, que cualquiera sabe hacer tragedia, hacer llorar; y, por contra, lo complicado pero bienvenido que es siempre hacer reír, y, por ende, lo cuán difícil que es la comedia.
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Los escritos, cuentos y poemas de oscuros adolescentes demasiado sensibles ante la vida, se recrean en la pesadumbre, la aflicción, el dolor. No alcanzan a comprender la vida (¿y quién sí?) y se vienen abajo, desesperados, pedantes, deseando que les miren por sufrir lo inhumano, aborreciendo del mundo, del aire que respiran, de la vida que les rodea. Algunos podrán pasar por emos, pero incluso los emos tienen más estilo. Del mismo modo muchos cortometrajistas imberbes me recuerdan, por el tema de sus historias, y especialmente la forma de contarlas (una veces, un revoltijo de imágenes imprecisas, desenfocadas y abstractas; otras, tomas largas y presumidamente contemplativas), a estos adolescentes aturdidos e hipersensibles que, como decía arriba, hablan sólo de chorradas, creyendo que no hay esperanza para nada y que para qué entonces vivir, pues el mundo se acaba mañana.
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Aclarado lo que pienso sobre el corto, paso a hablar sobre el público de la sala y su aplauso hasta tres veces repetido:
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Aparte de los amigos, familiares y demás sobornados que acudieron al estreno para apoyar a la directora (se me olvidaba decir que es un festival donde, curiosamente, los votos se obtienen de la gente que ha ido a ver el pase, mediante unas papeleteas que se rellenan y echan a una urna a la salida), la gente que aplaudió, no sé hasta qué punto lo hizo porque realmente le había gustado, le había tocado la fibra, o porque se sintió cohibida por dos cosas distintas pero interrelacionadas: el tema y la conciencia común. Me explico. El tema es la esquizofrenia, que acaba con el suicidio del joven. No aplaudir significaría ser tachado de insensible, pues se supone que el corto está hablando de algo duro, doloroso e intenso, que debe de roerle a uno por dentro y despertar la compasión por el pobre chico y su madre. Si no lo haces, eres inhumano, un monstruo. Y justo esto está en directa relación con lo segundo: la conciencia común, lo políticamente correcto, lo que se supone que todos debemos pensar. Hace poco leí un acertado artículo de mi siempre admirado Javier Marías que hablaba exactamente de eso, de la falta de opinión. Se nos ha vendido siempre hipócritamente la moto sobre la libertad de pensamiento y el hecho de que debemos tener opinión (personal), pero en realidad la subjetividad está muy mal vista. Aquél que ha elaborado un juicio propio de las cosas y no coincide con el grueso de la población, va contracorriente, al reverso que el resto, y por ello se le condena, se le tacha de ser distinto o cruel o desvergonzado o despiadado o vete tú a saber. Cada uno es libre de pensar lo que quiera sin que por ello lo lapiden. Aquélla falacia de “lo respeto pero no lo comparto”, es una absurdez como un templo. Las personas y su derecho a expresar sus ideas sí son respetables, pero las ideas en sí no tienen por qué serlo, incluso todo lo contrario, pueden ser –y en ocasiones han de ser- condenadas y aborrecidas (el fascismo, el racismo, el machismo, etc).
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Por eso mismo me pareció tan mal que todo el mundo aplaudiese a la par, sin cuestionarse muy bien por qué aplaudían, llevados por la ola del rebaño. De haber algún tímido que dudaba al respecto, cobarde, aplaudió también, temiendo que el vecino de butaca lo mirase de reojo tachándole de desalmado.
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Escuché a una chica justo a mis espaldas, en mitad del segundo aplauso, que le recordaba a su acompañante lo que había sentenciado la directora hacía unos minutos “está basado en un hecho real”, como si por ello la cuestionable calidad de la obra quedase perdonada, como si diese igual lo que se contara que, si era emotivo, si estaba basado en una tragedia acaecida realmente, entonces era meritoria de todos los premios y ovaciones…
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Para colmo, Paul Auster. ¿Qué necesidad había de meter a Auster ni a su novela ni nada que lo relacionase? Pues nada tenía que ver. De hecho, si se hubiese optado por otro escritor u otra novela hubiese sido exactamente igual. Mi queridísimo Auster ¡qué mal te han hecho! La novela El Palacio de la Luna es una maravilla, y si Marco, el protagonista, como dije al principio, vivió una serie de situaciones límite, es única y exclusivamente porque, al fin y al cabo, de eso se trata una historia, una ficción, una película o una novela: de poner a unos personajes al límite y ver cómo actúan. Y no es nuevo, ni la primera novela que tiene a su personaje muerto de hambre o al constante filo del abismo. Supongo que a un joven esquizofrénico cualquier cosa le ha de afectar, pero insinuar que esa gota que colma el vaso y lleva al chico al suicidio, es un pasaje del citado libro, es hacerle un flaco favor a Auster.

Creo que el corto no contaba nada nuevo, y no con esto quiero decir que ya todo esté dicho y que lo único que cambia es la forma de contarlo, que en cierto modo también es verdad. Quiero decir que la historia no era ni historia, tan sólo un suceso trágico. No tenía ni la rareza de lo anecdótico, ni la magia de las coincidencias, ni giros inseperados, ni un final moralizante; la historia en sí no era novedosa, ni peculiar, ni atractiva, ni salía de lo ordinario (la muerte no lo es). Y si una historia se cuenta es precisamente porque tiene algo de eso.

Sea como fuere, insisto, mi intención no era hablar sobre el corto en sí, y aún menos de la esquizofrenia o el suicidio, sino, como decía más arriba en uno de los párrafos, de la conciencia común y el aplauso en manada, por temor a lo que piense el de al lado y te acusen de desalmado.

viernes, 26 de septiembre de 2008

parecidos



Del mismo injusto modo que le tomamos manía a alguien sencillamente porque nos recuerda, por el físico o los gestos, a otro alguien a quien en verdad detestamos, también ocurre que, a veces, y es igual de injusto, sólo porque una persona nos rememora a otra a la que amamos o deseamos, pasamos inmediatamente a desear o a amar también a aquélla, aunque no haya hecho absolutamente nada para merecerlo, tan sólo parecerse, que no es poco.

viernes, 19 de septiembre de 2008

hola, don Pepito


Son personas aparentemente normales: no vienen de Marte ni hablan dialectos desconocidos ni brillan en la oscuridad. Tampoco comen plancton para desayunar ni leen el periódico del revés, no hablan de la teoría de supercuerdas mientras hacen el amor ni realizan la fotosíntesis en la intimidad. Son, a fin de cuentas, gente corriente, aparentemente normal en todo, excepto en una cosa: no saben dar la mano.

Todos, o al menos todos los que tenemos por costumbre dar la mano al saludar* (con excepción de los que se dan uno, dos o cuatro besos, o un efusivo abrazo, o, como los nipones, se saludan con reverenciales inclinaciones de cabeza*), todos, alguna vez, hemos vivido la experiencia de dar la mano a alguien que, sin saber muy bien por qué -y ésa es una pregunta que me carcome- no saben dar la mano, no bien, al menos no como el resto.

No la estrechan, no la toman entera con la palma abierta y luego dan un apretón más o menos fuerte, no, sólo la dan a medias, a la mitad, nunca del todo. Sostienen, casi con desidia, sin determinación, diríase que hasta con miedo, la mano ajena; y el que recibe el susodicho amago de saludo, blando, flácido, sin firmeza, no puede evitar sentir una especia de escalofrío, algo así como repugnancia.

Freud, seguro, achacaría esto a un subyacente complejo de raíz sexual; yo, no lo tengo del todo claro. Tal vez, tras su apariencia de pequeños hombres de infantiles manos, se escondan auténticos Hércules con músculos de acero, y tanto teman descuajaringar la mano del otro con un apretón, que, por no pasarse, ni llegan. A lo mejor, trabajan en un gabinete de protocolo, enseñando a dar la mano a los políticos de turno y entrenando su falsa sonrisa demagoga, y entonces, una vez fuera del curre, cansados como están de repetir lo mismo una y otra vez, exhaustos, cuando les toca saludar de verdad, lo hagan sin esforzarse, pues, como es bien sabido, en casa del herrero, cuchillo de palo. O tal vez, en sus ratos libres, participen en ilegales combates de Moai Tai, y para eso se entrenen, no golpeando sacos de boxeo, sino triturando con sus nudillos enormes bloques de hielo, por lo que, cuando toca saludar a alguien, ponen cara de afligidos, dan remolonamente la mano, y, al hacerlo, gritan en inaudible voz baja ¡Auh!

*dar la mano: se dice que dar la mano viene de antiguo, de cuando los romanos. Al parecer estrecharse la mano derecha (la mano del arma, la que simboliza poder y justicia) implicaba, primero, soltar el arma y hacerle ver al otro que ibas con buenas intenciones. Lo que realmente se estrechaba entonces era el antebrazo del contrario, para comprobar o asegurarse de que no guardaba una daga en la manga. Los magos y jugadores de cartas se saludan así también. Luego, se cree que en el siglo XIX, se fijó la costumbre de darse formalmente la mano entre hombres de igual alcurnia y posición para cerrar tratos comerciales. Y de ahí, hasta hoy.

*japoneses: parece ser que los japoneses no se saludan ni con apretones de mano ni con abrazos y ni qué decir tiene de los besos, por considerar el contacto físico descortés y antihigiénico, por eso optan por la inclinación de cabeza. Curioso, ¿no?