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miércoles, 1 de octubre de 2008

escatológico


(advertencia: esta entrada puede herir la sensibilidad de algunos lectores)
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Es realmente un acto oclusivo, un ejercicio de aguante. Todo empieza con un leve cosquilleo: la alarma del radar que nos avisa de que algo se avecina. Constreñimos para contener, y eso produce –colateralmente- la erógena estimulación de la zona y rededores. Precede todo esto, más temprano que tarde, a una brutal explosión, incontenible. Asistimos, pues, a una catarsis: el súbito desahogo del intestino, la relajación merecida del heroico esfínter, la cara de imbécil y el suspiro de alivio. Y en esto consiste, señores, la conjugación del verbo cagar.

domingo, 28 de septiembre de 2008

ojalá que llueva...






Cada mañana, cuando entro tranqueando en la cocina, aún dormido, y abro el armarito donde guardo las infusiones y el azúcar moreno, hay un intenso aroma que me recibe con sus buenos días.

Hace algo más de una semana no pude evitar entrar en una "cafetería y tienda de cafés" que hay no muy lejos de mi casa, cuyos granos cantores entonan su perfume a seis voces torrefactas hacia la calle, la manzana y, ya puestos, el resto del barrio, inundándolo todo, hipnotizando narices, obligado –más que invitando- a los inocentes caminantes a entrar sin saber muy bien por qué. A mí, al menos –y doy por sentado que a otros muchos también- me pasó justo eso. Entré ignorando lo que iba a decir, qué iba a pedir y en resumidas cuentas, qué carajo hacía allí. Era como en las películas de dibujos animados, donde el olor de una tartaleta se personifica en una mano que agarra al hambriento de turno de la nariz y lo arrastra hasta su origen.

La joven dependienta me miró, esperando a que yo hablara. Observé un instante los carteles, con cientos de nombres, dibujos, tipos, pesos y precios, y me mareé. Cuando volví a la realidad conseguí mascullar “maldición, he caído en la trampa”. Fue entonces cuando le confesé que no tenía ni idea de cafés, pese a chiflarme su sabor, y que cada vez que pasaba por esa calle me dejaba idiotizar por el aroma de los granos tostados recién molidos; que ignoraba el nombre y la cantidad y el origen y la clase de café que buscaba, pero que no quería salir de allí con las manos vacías.

Tras hacerme un par de preguntas acerca del tipo de cafetera que tenía en casa y la intensidad del sabor que deseaba, llenó un quintal de granos, lo volcó en lo alto de una trituradora y aquel café empezó a cantar en vibrato. La moza me terminó endilgando 250 gramos de café colombiano, 50% natural, 50% torrefacto. Para probar.

Así que, ahora, cada mañana, pruebo y repruebo y me dejo hipnotizar y despejar y entretener por el aroma y la intensidad y el sabor de unos granos molidos expresamente para mí.




¡Mmmm… qué rico!

miércoles, 24 de septiembre de 2008

pasarela Mojacar


Dos escuálidas veinteañeras llegaron a la playa. Aunque sólo llevaban la parte de abajo del bikini cualquiera diría que hubiesen caminado toda la vida desnudas. La una, tocada con un sombrero de copa de fieltro, fabricado seguramente por ella misma; la otra, portando un quitasol de aires indios, que seguramente no fabricó ella misma. Entre las dos llevaban un abultado saco tan grande como la Tierra -atlantes con vagina soportando el peso de su mundo-. Tras pararse y extender una toalla sobre la ardiente arena comenzaron a vaciar el contenido del misterioso saco ante la furtiva mirada de los curiosos. Trapos y más trapos de mil colores que caían formando un altozano textil, una cordillera de vespuntes, un amasijo de tonos, hilos y gustos. Cada una se puso el primero que pilló y empezaron a deambular playa arriba, playa abajo, exhibiendo los modelitos de estampados reversibles. A simple vista eran manteles usados, retales de alguna sábana vieja, pero sobre sus delgadas figuras de infantiles pechos y grácil caminar lucían como los diseños de una pasarela de alta costura. Al rato, un rebaño de mujeres de muy distintas edades cercaba el improvisado tenderete. Mientras la una contestaba sonriente a las preguntas de las interesadas, la otra, invitando a acercarse a las más tímidas, aprovechaba para seguir sacando sin fin modelitos del bolso de Mary Poppins.