
Una vez llegados a la Baja Edad Media, la época del Gótico, descubrimos una colección de cuartillas y documentos donde se recoge el nombre del maestro albañil o del vidriero o del pintor o del orfebre o del supuesto responsable de tal obra. Se trata de contratos donde, además del nombre, se estipulan estricta y escrupulosamente las cantidades de piedra, cristal, pigmento u oro necesarios, plazo acordado para realizarla, salarios convenidos, condiciones de trabajo, número de obreros o ayudantes que se requieren, etc., hasta el más mínimo detalle. Si el proyecto se retrasaba y se incumplía el plazo o se dejaba a medias o se robaba material o la obra se venía abajo o lo que fuera, el artista, con su nombre registrado e imborrable, asumiría todas las culpas, a él se le pedirían cuentas. Si se anotó su nombre fue sólo por un asunto de responsabilidades civiles, de desconfianzas, de compromisos que es mejor cumplir. Si la obra sale bien y es hermosa y todo el mundo la aplaude, dichos vítores irán sólo para su impulsor económico, el ilustre cortesano, o el respetado obispo, o el distinguido rey, pero nadie se acordará jamás del anónimo y verdadero artífice, del dibujante, del ceramista, del escultor, del fresquista, del forjador, del maestro albañil o del orfebre. Por el contrario, si la obra sale mal, rodarán cabezas, se pedirán explicaciones, se obligará por contrato a acabar lo empezado y se mentará a las madres de los incompetentes artesanos.
Entiendo que no se puede mirar con ojos de hoy una situación de hace más de medio milenio y demandar para el artista un título que por aquel entonces ni existía, que la época tuvo sus razones para que todo fuera como terminó siendo, pero no deja de entristecerme el pensar que si conocemos los nombres de algunos de los responsables materiales de determinadas obras de la Edad Media y del Renacimiento y hasta del Barroco, es sólo por una cuestión económica, para salvarse el rico las espaldas, para tener a alguien a quien pedir cuentas.

